Del libro: "Cómo enseñar a leer a su bebé". Glenn Doman

Tommy era el cuarto niño de la familia Lunsky. Los padres no habían tenido una gran educación y habían trabajado mucho para mantener a sus tres hijos normales. En la época en la que Tommy nació, el señor Lunsky tenía su propio bar y les iba mejor.

Sin embargo, Tommy nació con daño cerebral severo. Cuando tenía dos años lo admitieron para hacerle un examen neurológico en un buen hospital en Nueva Jersey. El día en que dieron el alta a Tommy, el jefe de neurocirugía tuvo una conversación sincera con el señor y la señora Lunsky. El doctor les explicó que los estudios mostraban que Tommy era un niño que únicamente tenía vida vegetativa, que nunca caminaría o hablaría y que, por consiguiente, debería ser ingresado en una institución de por vida.

Toda la determinación polaca del señor Lunski reforzó la testarudez norteamericana cuando puso de pie su gran cuerpo, se ajustó su gran cinturón y dijo: «Doctor, está usted completamente confundido. Se trata de nuestro hijo». Los Lunski se pasaron muchos meses buscando a alguien que les dijera que eso no tenía que ser necesariamente así. Todas las respuestas fueron iguales.

Cuando Tommy cumplió tres años, ya habían encontrado al doctor Eugene Spizt, jefe de Neurocirugía del Hospital Infantil de Filadelfia.

Después de hacer minuciosos estudios neuroquirúrgicos, el doctor Spitz les dijo a sus padres que aunque Tommy tenía un daño cerebral severo, quizá se pudiera hacer algo por él en un grupo de instituciones en una zona de las afueras llamada Chesnut Hill.

Tommy llegó a los Institutos para el Logro del Potencial Humano cuando tenía tres años y dos semanas. No podía hablar ni moverse. Su lesión cerebral y los problemas resultantes fueron evaluados en los Institutos. Se le prescribió un tratamiento que reprodujera la pauta de desarrollo de crecimiento normal en niños sanos. Se formó a los padres en cómo llevar a cabo este programa en casa y se les dijo que si lo cumplían escrupulosamente Tommy mejoraría mucho. Debían regresar en sesenta días para una reevaluación y, si Tommy mejoraba, para una revisión del programa.

No había duda que los Lunski seguirían el programa estricto. Lo siguieron religiosamente. 

Cuando regresaron para la segunda visita, Tommy podía gatear.

Ahora los Lunski abordaban el problema con la energía que da el éxito. Estaban tan decididos que cuando su coche se estropeó de camino a Filadelfia para la tercera visita, sencillamente se compraron un coche de segunda mano para atender la cita. No se podían resistir a contarnos que Tommy podía decir ya sus dos primeras palabras, «Papi» y «Mami». Tommy tenía ahora tres años y medio y podía gatear con las manos y las rodillas. Entonces su madre probó algo que sólo una madre intentaría con un niño como Tommy. De la misma manera que  un padre compra un balón de fútbol para su hijito, la madre compró un libro con el abecedario para su hijo de tres años y medio con lesión cerebral severa que sólo decía dos palabras. Tommy, decía ella, era un niño muy brillante, independientemente de que pudiera hablar y caminar. Cualquiera con un poco de sentido común podía verlo simplemente mirándolo a los ojos.

Si bien por aquel entonces nuestros tests de inteligencia para niños con daño cerebral eran mucho más complejos que los de la señora Lunski, su precisión era parecida. Estábamos de acuerdo en que Tommy tenía una buena inteligencia, pero enseñar a leer a un niño de tres años y medio con lesión cerebral severa, eso era otra historia.

Prestamos muy poca atención cuando la señora Lunski nos comentó que Tommy, por entonces ya con cuatro años, podía leer todas las palabras en el libro del abecedario con más facilidad de lo que podía leer las letras. Nosotros estábamos más preocupados y complacidos con su habla, que progresaba de forma constante, así como con su movilidad física.

Cuando Tommy tenía cuatro años y dos meses, su padre nos informó que el niño podía leer un libro que se llamaba Huevos verdes y jamón, del doctor Seuss. Sonreímos educadamente y anotamos lo meritoriamente que el habla y el movimiento de Tommy estaban progresando. Cuando Tommy tenía cuatro años y seis meses, el señor Lunski nos informó que Tommy podía leer todos los libros del doctor Seuss. Anotamos en la ficha que Tommy estaba progresando maravillosamente y que el señor Lunski «decía» que Tommy podía leer.

Cuando Tommy vino para su decimoprimera visita, acababa de cumplir cinco años. Aunque tanto nosotros como el doctor Spitz estábamos encantados con los fabulosos avances de Tommy, nada indicaba que iba a ser un día tan importante para todos los niños. Es decir, nada, excepto el insensato informe de siempre del señor Lunski. Tommy, nos informó el señor Lunski, ahora podía leer cualquier cosa, hasta el Reader's Digest, e incluso podía comprenderlo, pero es que además había empezado a hacerlo antes de cumplir cinco anos.

Nos libramos de tener que comentar esto porque llegó el cocinero con nuestra comida (un zumo de tomate y una hamburguesa). El señor Lunski, dándose cuenta de nuestra falta de respuesta, tomó un trozo de papel de la mesa y escribió: «A Glenn Doman le gusta beber zumo de tomate y comer hamburguesas» .

Tommy, siguiendo las instrucciones de su padre, leyó esto fácilmente y con las entonaciones e inflexiones adecuadas. No vaciló como los niños de siete años, que leen cada palabra por separado sin comprender el sentido de la frase. «Escriba otra frase», dijimos pausadamente. El señor Lunski escribió: «Al papá de Tommy le gusta beber cerveza y whisky. Tiene una barriga grande y gorda barriga de beber cerveza y whisky en la taberna de Tommy».

Tommy sólo había leído las tres primeras palabras en voz alta cuando se empezó a reír. Lo curioso era que la barriga de papá estaba en la cuarta línea, ya que el señor Lunski escribió letras grandes.

Este niño con lesión cerebral severa estaba leyendo en realidad mucho más deprisa de lo que pronunciaba a su velocidad normal de conversación. ¡Tommy no solo estaba leyendo, estaba leyendo deprisa y su comprensión era evidente!. Se nos quedó cara de tontos. Nos giramos hacia el señor Lunski.

«Les he estado diciendo que puede leer», dijo el señor Lunski.

Después de aquel día ninguno de nosotros volvió a ser el mismo, pues esta era la última pieza del puzzle que se había estado encajando durante más de veinte años.

Tommy nos había enseñado que un niño con lesión cerebral severa puede aprender a leer antes de lo que suelen aprender los niños normales.

Tommy, por supuesto, fue inmediatamente sometido a todo tipo de pruebas por un grupo de expertos que vinieron de Washington para este tema la semana siguiente. Tommy -un niño con lesión cerebral severa y cinco años- podía leer mejor que la media de niños normales con el doble de años  y con una comprensión total.

Cuando Tommy tenía seis años caminaba, aunque esto era relativamente nuevo para él, y aún temblaba un poco y leía a nivel de sexto grado (nivel de un niño de once a doce años). Tommy no iba a pasar el resto de su vida en una institución, pero sus padres estaban buscando una escuela «especial» en la que matricular a Tommy el próximo septiembre. Es decir, especialmente alta, no especialmente baja. Afortunadamente, ahora hay algunas escuelas experimentales para niños «superdotados» excepcionales. Tommy ha tenido la dudosa «dote» de una lesión cerebral severa y la indudable dote de unos padres que lo quieren a rabiar y que creyeron que por lo menos un niño no estaba utilizando todo su potencial.

Finalmente, Tommy sirvió de catalizador de veinte años de estudio. Tal vez sería más preciso decir que fue el detonador de una carga explosiva que se había estado fortaleciendo durante veinte años. 

Lo fascinante era que Tommy deseaba leer y que lo disfrutaba tremendamente. Asegura Doman que la verdadera causa por la que los niños pequeños no aprenden a leer es por el tamaño de la letra.

El problema es que hemos hecho la letra demasiado pequeña.

El problema es que hemos hecho la letra demasiado pequeña.

El problema es que hemos hecho la letra demasiado pequeña.

 

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